lunes, 20 de abril de 2009

Cambio de dirección de bitácora

Amigos, me he mudado a http://distensiones.wordpress.com

Saludos y perdonad las molestias.

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martes, 3 de marzo de 2009

Alguien me ha cambiado a Zapatero por Harry S. Truman

Zapatero quiere salir en la foto como sea y ha metido la cabeza en el G-20. No quiere pasar inadvertido en estos tiempos convulsos. Tiene el síndrome francés de querer estar en todos los sitios a cualquier precio; síndrome magníficamente representado por Sarkozy, que se planta allá donde sea necesario con tal de arrancar algún titular. Eso me recuerda el papel de este país en las últimas contiendas europeas, y digo última, ultimísimas. Que yo recuerde, Francia, gane o pierda una guerra, siempre consigue algo. Francia siempre gana. C'est la Grandeur de la France. Esto es así desde el Renacimiento; ni siquiera en el Congreso de Viena (1814), después de la derrota napoleónica, Francia tuvo que compensar con territorios propios a los damnificados. ¿Para qué? Habían dado a los pueblos sometidos liberté, égalité y fraternité, luego de expoliarlos, hacer el gran favor de clasificar y catalogar las obras de artes transferidas a Francia. ¿Es que acaso los valores exportados por Francia no tenían un precio altísimo?

La omnipresencia francesa, pese a la adversidad, queda patente a lo largo de la II Guerra Mundial. Nada importaba que Francia hubiera sucumbido en pocos meses al poderío bélico alemán que barrió la línea Maginot, que el Gobierno de Vichy firmara un armisticio colaboracionista con el invasor, que los propios líderes de la Francia Libre, De Gaulle y Giraud, se devoraran recíprocamente en luchas intestinas, y que la aportación francesa a la contienda fuese insignificante en comparación a la de resto de fuerzas aliadas. Finalmente fue tratada como una nación igualmente vencedora. En la Conferencia de Postdam (1945), Francia no acudió por motivos obvios, pero los aliados comparecientes le hicieron un hueco invisible en las reuniones, compartiendo con ella el pastel de la victoria, poniendo bajo su administración una cuarta parte de nueva República Federal de Alemania.

Contrasta esta facilidad de hacerse oír con la cruzada emprendida por Zapatero para acudir a una conferencia, la de Washington en la que, al contrario que la de Postdam, no se decidirá absolutamente nada. Harry S. Truman acudió a la primera susurrando a los oídos de Stalin que los Estados Unidos habían desarrollado una bomba atómica y que estaba sopesando la posibilidad de lanzarla contra Japón, para precipitar el final de la guerra, y todo ello, mientras los tres líderes (ellos dos más Clement Attlee) trazaban las nuevas fronteras del continente e inauguraban la siniestra guerra fría.

Zapatero quiere salir en la foto pero, al contrario que Truman, no trae bajo el brazo un par de bombas atómicas, sino algo desconocido en el derecho internacional y que él ha bautizado con el nombre de "talante". No quiere desaprovechar la oportunidad de pasar a los libros de Historia. A base de codazos y genuflexiones, más o menos públicas, se ha hecho un hueco en la mesa de Washington y ha conseguido salir en la foto. En esa foto ya no aparecerá un señor bajito, de pelo oscuro y peleón. Zapatero (sería injusto negarlo) habrá conseguido cambiar la mentalidad del mundo respecto de los españoles y que arrastrábamos desde la película "vacaciones en Roma" de William Wyler (1953). Zapatero con su metro noventa, ojos azules y cabello rubio ha conseguido redifinir ese antiguo concepto de español, "un hombre de pelo negro, bigotudo y gritón, cuya estatura media es inferior a la altura del ombligo de Audrey Hepburn". Ahora ya podemos dormir tranquilo sabiendo, que con Zapataro, y gracias a la foto en la que él aparecerá, se ha cumplido plenamente ese axioma de Jean Markale que decía que "L'Europe c'est l'heritière des celtes" (1).

Vamos, lo mismito que Harry S. Truman.





Notas:
(1) Europa es la herencia de los celtas.


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lunes, 2 de marzo de 2009

Quiero, he querido y querré al Conde Apponyi (humilde homenaje a los Grandes Perdedores de la Historia).

Poco o nada se conoce en esta parte del mundo del Conde Albert Apponyi, aunque no hemos de extrañarnos. En España, como en otros países de nuestros entorno, se desprecia a los perdedores; hemos borrado de la memoria colectiva personajes que han contribuido enormemente a nuestro desarrollo cultural, histórico o artístico, como si hubiesen sido condenado a la damnatio memoriae o al forzado ostracismo en una isla griega. Si bien es cierto que la condición de perdedor o ganador viene determinada, en ocasiones, más que por las obras fracasadas, por el vaivén de los tiempos, alzando a unos en detrimento de los otros. Piénsese en nuestra guerra civil, y en cómo, paulatinamente los vencedores de la contienda han ido modificando su estatuto en detrimento de las figuras otrora desdeñadas; modificación que se ha vuelto estruendosa en los últimos tiempos, con la destitución de estatuas, supresión de nombre de calles, relacionadas con el franquismo, sus héroes o dirigentes.

Albert Apponyi no fue un perdedor al uso. Pudiéramos decir que su perdición se debió a factores ajenos a su competencia y aptitud. En este punto, conviene distinguir, inicialmente, entre dos tipos de perdedores: los que pierden como consecuencia directa de su propio arrojo y riesgo; y los que pierden indirectamente, por vivir tiempos inapropiados o porque están llamados al cumplimiento de un deber amargo, necesario y particularmente perjudicial, y por ello, particularmente digno.

El primer tipo de perdedor, es absolutamente necesario para la vertebración de la sociedad. Su arrojo, energía, y riesgo tienen dos consecuencias posibles. El éxito, que lo coloca por encima de sus conciudadanos, o el fracaso, que en ocasiones puede ser dramático. El fracaso funciona como elemento disuasorio, de lo contrario la sociedad se desintegraría en proyectos temerarios y se dispersaría en demasiada gente con ánimo lucro, lo que dejaría esquilmados los yacimientos humanos y desaparecerían los proletarios, pequeños burgueses y mano de obra, en general, sin cuyo concurso ese éxito sería inalcanzable. Dentro de este grupo se encuentra el perdedor impropio, que sería aquél que arriesga poco, que nunca se acaba de decidir y va perdiendo empuje a medida de que pasan los años. Nunca acaba de fracasar del todo y su fracaso se va consolidando día a día. Cuando se quiere dar cuenta arrastra todas las frustraciones posibles y trata de compensar sus grandes derrotas con pequeñas victorias cotidianas. Algunos en la frontera de los 40 descubren el gimnasio, pese a que no practicaron deportes en la juventud, y lo mojan en batidos de proteínas, tratando de alimentar una autoestima atrofiada, a la vez que despiertan los tejidos de sus músculos.

El Conde Apponyi pertenecía a la segunda clase de perdedores, más elevada que la anterior, es decir, a aquéllos cuyo fracaso sólo se explica desde la perspectiva implacable de la Historia; llamados a cumplir un papel ingrato, fundamental para el desarrollo de los pueblos y la comprensión del mundo, sin que esa inmolación fuera tan reconocida y alabada como la crucifixión del Cristo.

Apponyi, siendo ya un anciano de 74 años, con larga barba blanca, y habiendo ocupado las más altas magistraturas, encabezó la delegación húngara que intentó negociar la estatuto jurídico de Hungría tras su derrota en la I Guerra Mundial, en la Conferencia de Paz de Versalles (1920). Nada pudo hacer y su país fue devorado y desgarrado. Hungría perdió dos terceras partes de su territorio que fueron a parar a países vecinos (algunos recién formados tras la contienda bélica) y un tercio de la población de etnia húngara quedó fuera del Estado madre. En mi opinión este tipo de perdedores debería ser elevado a los altares por obra y gracia de la Justicia Histórica, aunque sólo fuera porque ofrecen una lección de honor inigualable. El Conde Apponyi, al igual que los perdedores comunes, tuvo que lidiar con la ingrata tarea de dar explicaciones difíciles. Sin duda, lo suyo fue un "papelón" que tuvo que afrontar él solo, al regresar a su expoliada patria y que hubo de digerir antes y después del fracaso, soportando el inexorable peso de la Historia hasta el día de su muerte.


Discurso de Albert Apponyi ante la Conferencia de Versalles (algún traduciré, cuanto tengo tiempo):

Nézetem szerint a békeszerződés nem veszi eléggé figyelembe Magyarország különleges helyzetét. Magyarországnak két forradalmat, a bolsevizmus négy hónapos dühöngését és több hónapos román megszállást kellett átélnie. Ilyen körülmények között lehetetlen, hogy a szerződés által tervbe vett pénzügyi és gazdasági határozatokat végre tudjuk hajtani. Ha a győztes hatalmak polgárai által részünkre folyósított hitelek a béke aláírásának pillanatában - amint ezt a javaslat kimondja - felmondhatók lesznek, ez a fizetőképtelenséget, a csődöt jelenti, amelynek visszahatását kétségkívül a győztes hatalmak is éreznék. Elismerem, hogy sok hitelezőnk van az Önök országaiban. A hitelek visszafizethetők lesznek, ha erre nekünk időt engedélyeznek, de nem lesznek visszafizethetők, ha azonnal követelik azokat tőlünk.…





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El mito del "High F" o el Fa sobreagudo.

Probablemente esta sea una de las discusiones más vivas (y alentadas) entre los partidarios de uno u otro tenor, lo que nos retrotrae, tal vez, a tiempos no tan lejanos, cuando los príncipes del canto (Caruso, Fleta, Gigli, Volpi, Lázaro, etc.) eran recibidos con honores de Jefe de Estado allá donde actuaban. No es normal en nuestros días observar tanta devoción por un cantante, ni siquiera ante las estrellas del pop , pues la frenética atracción que se siente por ellas está ligada a un componente sexual, más o menos aparente, con ramificaciones freudianas : raro es constatar un seguimiento masivo de algunos de estos cantantes en el momento en que la juventud empieza a declinar, y comienzan a eclosionar indiscutibles signos de vejez, como las arrugas, las protuberancias abdominales, a la par que escasean los propios de edades tempranas, como el cabello o las endorfinas. Los fans envejecen a la vez que sus ídolos, lo que sirve de recíproco consuelo, mientras que generaciones más jóvenes reponen sus productos en nuevos yacimientos, alentados por discográficas y por programas caza-talentos del tipo Operación Triunfo o Factor X.

El mito del High F (el Fa sobreagudo) representa justamente lo contrario a la atracción freudiana -o por lo menos a mí me lo parece-. Pocos tenores han alcanzado esta nota con inequívoca solvencia. Muchos, han acudido al falsete, de manera más o menos disfrazada. Otros han sustituido esta nota por otras más bajas y apacibles. Qué decir del nuestro Plácido, que nunca ha sido capaz, según él mismo reconoce, de dar un Do de pecho en condiciones (o lo que es lo mismo, tres notas por debajo del mítico Fa sobreagudo).

El High F era fácilmente alcanzable por los castrati. Ahora mismo no caigo si Freud tiene algún trabajo sobre la atracción que sentían las mujeres de la época por estos seres. Se sabe que algunos de ellos fueron consumados amantes y frecuentaron las alcobas de mayor alcurnia en aquella Europa pre-revolucionaria, pero probablemente la atracción hacia estos artistas no tenía ninguna correspondencia con el motor freudiano de las relaciones personales y de la conservación de la especie, residiendo, aquélla, más bien, en una curiosidad estrambótica y en la ausencia de riesgo de embarazos indeseados.

Estoy seguro de que la devoción hacia el tenor no castrado que alcanza el Fa sobreagudo no se origina en un impulso de naturaleza sexual. Por el contrario, los tenores modernos (con registros sonoros) que han logrado dar esta nota han dispuesto de una amplia tesitura, incluyendo notas baritonales. Estos tenores, pese a poseer tan prodigioso atributo, no han llegado al limbo de los archiconocidos cantantes, incluyendo a los grandes de siempre (Fleta, Del Mónaco, Caruso, Kraus, etc.) y a los pseudo-grandes de épocas recientes (Pavarotti en sus últimos tiempos, Domingo y Carreras). Han sido tenores escogidos que se han prodigado en escenarios más selectos, sin caer en el abuso mediático.

Podemos apreciar esta rara nota en la voz de William Mateuzzi, en una interpretación del 'Credeasi Misera' de 'I Puritani' de Bellini. En este registro. Mateuzzi, primero alcanza fácilmente un Re sobreagudo (minuto 4:13) y, seguidamente, el Fa sobreagudo de pecho.




No seré yo quien renuncie a la voz cálida y torrencial de Plácido Domingo, a la entrega que se distingue en las interpretaciones de Carreras (una voz que, sin duda, puede llenar un teatro), pero hay una magia que reside en las notas altas naturales, en el riesgo que implica acometerlas sin artificios y genuinamente. Un cantante que llega a esas notas, sin falsete, surca el límite de lo imposible y eso permite la evasión espiritual y casi, el diálogo con lo inexplicable, divino o, cuando menos, sobrehumano (que no es poco en tiempos de crisis y, además, es gratis.)

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domingo, 1 de marzo de 2009

El imperio italiano de entreguerras y Franco Battiato

La creación del Nuevo Imperio Romano' (Nuovo Impero Romano, Novum Imperium Romanum) era el nuevo estado creado por Mussolini para describir el imperio colonial italiano, especialmente la conquista de Abisinia. Un término extremadamente colosal para tan corto recorrido. El imperio italiano sucumbió antes del término de la II Guerra Mundial, cuanto Italia fue privada de facto de sus posesiones, tanto europeas como africanas; despojo que se consolidó formalmente con el Tratado de París de 1947.

La canción "Carta al gobernador de Libia", recogida en album Battiato Collection (1996) recrea ese ambiente, un tanto caótico, anárquico y atrayente, de la Cirenaica italiana, en tiempos del gobierno de Rodolfo Graziani, que alcanzó el generalato desde los empleos castrenses más bajos.

Battiato demuestra que su inventiva no tiene límite, transportando al oyente hacia tierras desérticas, campamentos improvisados, batallas entre tribus camelleras bajo banderas occidentales. Un homenaje a la aventura, a los Lawrence de Arabia, a los Condes Almásy, que han vivido y vivirán en el mundo, y a los que sólo se reconoce, tardíamente, años después de la muerte, cuando alguien recoge su vida en una novela o en un libro de viajes.



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Rojo, Amarillo, Azul

Casualmente me encontraba en Berlín aunque, algunas veces, cuando pienso en el suceso, sospecho que el cuadro no desapareció casualmente y que fue el Destino el que me hizo coincidir con la desaparición.


Me llamo Harold P. Prescott y desde que mis viejos, rústicos granjeros de Indiana, me mostraron la rudeza de la vida, la necesidad de trabajar para ganarse el sustento y un largo etcétera de iniquidades, siempre supe que la única actividad que podía desempeñar con ciertas garantías era la de criticar a los demás, masticando sus miserias y mostrando la cara oculta de la verdad.


Porque la verdad tiene muchas caras y la misión de un crítico es desentrañar la verdad que no quiere ver nadie, porque es áspera e incomprensible.


Yo nunca conocí personalmente a Barnett Newman, pero cierto día comencé a escribir sobre él. Me interesé por sus obras simples y directas, colores vivos y fondos desteñidos. Tanto escribí que cuando murió asistí a su entierro y firmé el libro de pésames. El público, más indulgente con los críticos que éstos con los artistas desgarrados, me atribuyó la consideración de autoridad sobre la obra de Newman; una autoridad incontestada e injusta.


Siempre he sospechado que detrás de un monstruo hay un contramonstruo que lo alimenta; y a su vez éste es alimentado por el monstruo. No sabría decir quien de nosotros dos era el monstruo y quien su contrario; lo cierto es que, desde mi tribuna de Art Abstrait, convertí a Newman en la celebridad que es hoy. La muerte hizo el resto. Pero yo pagué un precio: la dependencia de una obra, de la obra de un muerto, del mismo muerto (cuyo libro de pésames firmé.)


Sé que Newman me detestaba. En sus gigantescos lienzos de varios metros cuadrados yo sólo representaba la mota de polvo que queda tras el paso de las limpiadoras. Un ser insignificante, como lo es todo ser cuya subsistencia depende de otro.


Newman sabía que nunca le traicionaría. Una vez que cae la bola por el precipicio, incluso una crítica negativa sirve para acrecentarla. Sólo cabe una traición posible: el silencio. Y yo era demasiado joven como para despreciar una vejez tranquila y confortable.


Seguí hablando de él y ganando autoridad. Aunque la autoridad del crítico es finita. Fallece con la persona. En cambio el autor sobrevive a su propia muerte.Newman sobrevivió a sí mismo cuando murió en 1970. Me viene un recuerdo brumoso, de temprano atardecer y edificios que oscurecen al ponerse el sol. Yo estaba en mioficinita, de la 7 th Avenue cuando me llegó la noticia. Cuando depositaron el télex encima de mi mesa aún palpitaba:


“Fallece Barnett Newman, precursor del expresionismo abstracto, a los 65 años de edad.”


Nadie puede sospechar lo que sentí cuando aprecié la dimensión de la noticia (fue mucho más tarde de que me enterara.) Pensarán que soy un ser despreciable, pero siempre he creído que eso era el único patrimonio realmente mío. El corazón me dio un vuelco y la lluvia comenzó a caer, como si recibiera una señal del cielo. Mi enemigo por fin había muerto. Me sentí aliviado pero a la vez poderosamente huérfano, como si recordara las escasas alegrías que me diera mi padre déspota y borracho. Una brusca acometida atenazó mi garganta. Comencé a llorar; entendí que mi ambivalencia haciaNewman me perseguiría el resto de mi vida.


Se hacían homenajes por todo el mundo y a mí me invitaban. Me invitaban más que antes, cuando Newman vivía. Pensé que nunca me libraría de él. Mi dependencia era vertiginosa; tanto que intenté buscar otros autores, vivos o muertos –mejor bien muertos-, nacionales o extranjeros, conservadores o revolucionarios, que desplazaran la obra deNewman, al menos de mi vida. Pero no pude. Los editores, mis amantes –muchos de los cuales lo eran más de Newman que de mí- y, en último extremo, el público, me exigían el retorno a Barnett Newman.


Y decidí rendirme. Esa rendición consistía en sentirme Newman, aún sospechando que él me guiñaba y sonreía desde la muerte, indicando su propio triunfo sobre mí y tomando posesión de mi cuerpo. Debo reconocer que la rendición incondicional me produjo placer al principio. Empecé a asumir la vida pasivamente, dejando que Newman la dirigiera, permitiendo que mis amantes –que eran Newmans itifálicos- me abordaran desde posiciones inauditas. Me sentía irresponsable y dotado de cierta dosis de dominio sobre las cosas insignificantes.


Era primavera. Lo sé porque los arces enseñaban orgullosos sus flores amarillas y los ríos bajaban caudalosos tras el deshielo. Me encontraba enBerlín porque la Neue National Galerie adquirió el cuadro de Newman “Who’s afraid of Red, Yellow and Blue IV ”. Fui invitado por la célebre galería para presentar la pintura: un gigantesco acrílico sobre lienzo de 2.74 m. de alto por 6.03 m. de largo. La simpleza deNewman era insultante. La pintura se dividía en tres rectángulos. Los dos mayores, de igual dimensión, rojo y amarillo, encerraban al tercer rectángulo, mucho más pequeño, de color azul. En el fondo resultaba inquietante que laNeue National Galerie hubiera tenido que acudir a donaciones e inversores privados para acometer la compra. La obra permaneció en la galería, ubicada en el frío edificio Mies vander Rohe, concitando de los visitantes halagos y odios a partes iguales. ¿Expresionismo abstracto? ¿Y eso costaba tantos marcos?


Cuando desapareció el cuadro hubo consternación generalizada. ¿Cómo pudo desaparecer un lienzo tan gigantesco? ¿Dónde lo habrían escondido los ladrones? La eficaz policía alemana halló un lienzo que respondía a la descripción ofrecida por laNeue National Galerie. Lo habían revestido de papel de estraza , forrado con carteles publicitarios de una marca de desodorantes y colocado en la boca del metro. Los portadores se hicieron pasar por empleados de la empresa concesionaria de servicios publicitarios. Según relató el jefe de estación a la prensa local, incluso los monos de trabajo eran los de esa empresa, por lo que el guardia de seguridad no sospechó ninguna anormalidad.


Bajo la supervisión del conservador de la Neue National Galerie y ante mi presencia, requerida por el director de la galería, números de la policía destaparon con esmero el lienzo. Retiraron uno a uno los pliegos de papel que lo envolvían como se exfolia una cebolla. Al finalizar el proceso apareció reluciente el cuadro deNewman . No parecía haberse deteriorado pero, siguiendo con la mirada el camino de las esquinas, descubrimos con asombro que la firma deBarnett Newman había desaparecido. Indudablemente el cuadro era de Newman –y así lo corroboraron los estudios posteriores- pero viendo el lienzo, por primera vez, de frente, en su primitiva desnudez, desnudo deNewman, me sentí poderoso y mis ojos se enjugaron de lágrimas. Yo era por fin quien vestía el lienzo y yo lo alimentaba. Y el mismo Newman no era más que mi invención; una invención discreta como la vida que lo había creado.

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sábado, 28 de febrero de 2009

Incierto camino europeo en la protección de las minorías nacionales.

A fecha de publicación de este artículo, cuando todavía no conocemos el destino del Tratado de Lisboa (TL), habida cuenta del revés que ha supuesto el referéndum irlandés que rechazó la ratificación de aquél[1], puede resultar temerario hacer pronósticos y determinar cómo evolucionará la situación de las minorías nacionales de los Países del Centro y Este de Europa (PCEEs), desde el punto de vista del Derecho comunitario, en los años venideros. Con independencia del camino a seguir tras esta nueva crisis institucional[2], tanto el fracasado Tratado por el que se establece una Constitución para Europa[3], como el vacilante Tratado de Lisboa, se detienen a mencionar, por fin, la protección de los derechos de las personas pertenecientes a las minorías como parte integrante de los derechos humanos y como valores de la Unión[4]. La asunción de tales derechos es condición indispensable para adherirse a la Unión y su contravención puede ocasionar, para el Estado infractor, su ostracismo, mediante la suspensión de derechos contemplados en los Tratados, incluyendo el derecho a voto en el Consejo.

Estas modificaciones, si bien aun no consumadas, hubieran sido impensables de no haber mediado el concurso de PCEEs que arrastraban estas deficiencias estructurales desde la conclusión de la Gran Guerra.

Además de comprobar, en los próximos meses, o años, si estas modificaciones entrarán, o no, en vigor, los PCEEs donde residen minorías nacionales, compuestas por un importante número de individuos, deberán enfrentarse con una tarea mucho más difícil que cumplir con los requerimientos del acervo, una tarea que deberá acometerse desde los propios ordenamientos internos pero que habrá de catalizar y supervisar la propia UE, venciendo el temor atávico que ha anclado a muchos PCEEs en el inmovilismo constitucional: la transformación y vertebración del Estado para permitir fórmulas de autogobierno o autonomía, allí donde “las minorías sean mayoría”, huyendo de la estrategia de construir Estados-nación homogéneos. En un trabajo de esta naturaleza no podemos abordar una cuestión tan compleja. Para FERRERO TURRIÓN, una de estas formas de “acomodación a la diversidad” podría ser el federalismo pluralista, un federalismo no sólo basado en el territorio y las instituciones, sino también en la plurinacionalidad, que permitiría la diferenciación entre ciudadanía y nacionalidad[5].

Las medidas protectoras de las minorías transfronterizas deberán acomodarse a una polisimetría de poderes. El de los Estados madre, el de los Estados donde las minorías nacionales habitan y el la propia Unión Europea, cuya implicación en la cuestión analizada se verá incrementada a medida de que las modificaciones proyectadas en el TL cobren vigor. Este equilibrio será, empero, difícil de alcanzar, pues las suspicacias en la zona se desatan con facilidad bajo el argumento de colisión de soberanías, lo que parece un contrasentido por cuanto la incorporación a la UE supone una cesión necesaria y deseada de esa tan reivindicada soberanía nacional.

En nuestra opinión, las instituciones europeas deberán vigilar, bajo el prisma de la interdicción del fraude de ley, que no proliferen normas que concedan, con demasiada generosidad, la doble nacionalidad a miembros de minorías transfronterizas, cuestión que actualmente escapa del Derecho comunitario, pero que puede ocasionar distorsiones en el seno de la Unión, si esta modalidad de nacionalidad se utilizara irresponsablemente.




[1] Irlanda rechazó el Tratado de Lisboa en referéndum de 12.06.2008.

[2] Entre las soluciones que se barajan se encuentra la de volver a someter a referéndum la ratificación en Irlanda, una vez que se complete el resto de ratificaciones.

[3] Diario Oficial n° C 310 de 16 diciembre 2004.

[4] Vid. artículo I-2 del Tratado por el que se establece una Constitución para Europa y el artículo 2 del Tratado de la Unión Europea en versión del Tratado de Lisboa.

[5] FERRERO TURRIÓN, R.: “Gestionar la diversidad: minorías nacionales en España y en la Europa Central y Orienta”. En: FLORES JUBERÍAS, C. (ed.): De la Europa del Este al este de Europa. Valencia: Universitat de València, 2006, p. 37.

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